
En muchos relatos, la lechuza es quien da el consejo acertado, quien dirime en un juicio, quien tiene la última palabra, porque sabe, porque reflexiona, y porque su juicio siempre da confianza.
Es fácil darse cuenta que hoy nos falta el tiempo y la paz suficiente para reflexionar, escuchar, mirar, pensar, observar. Corremos, corremos y corremos. Todo es un vertigionoso camino que nunca acaba, y que no tiene tiempo para nada, que todo tiene que ser ya; nos falta la sabiduría para escuchar y observar, la paciencia para mirar.
Además, si añadimos a esto la capacidad de sufrir, la paciencia ante las contrariedad, el entender que aquel pequeño o gran sufrimiento no es simplemente una cruz insufrible, sino que es parte de nuestra vida, que enriquece nuestra existencia, y aceptamos ese dolor, nos iremos haciendo sabios, nos "asombraremos" ante el efecto que tiene el dolor, ante la madurez que da peso y contenido a nuestra vida.
Mi experiencia es que cuando uno sólo se mira a si mismo, se dedica a observarse, -en vulgar, sólo se mira el ombligo-, se agota de veras, se deprime y sólo vive para quejarse y amargar a los demás, además de vivir agotado y agotando. Como me decía hace años un universitario de 20 años -¡todo un hombre maduro!-, "mire, a mí lo que verdaderamente me agota, es mi propia imbecilidad!".
Cuánta sabiduría da el callar, escuchar, reflexionar y no tener miedo al sufrimiento. Uno aprende a darse cuenta de que en esta vida pocas cosas son importantes, y que podemos vivir y ser felices con mucho menos de lo que tenemos.
Un saludo y perdón por haber tardado tanto en volver al blog. Prometo ser más constante.