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miércoles, 14 de abril de 2010

Conocer la verdad

Conozco a Alejandro Llano desde hace años. Ayer puede leer este artículo en La Gaceta, que me gustó. Lo adjunto porque me parece muy acertado el planteamiento que hace, y porque se trata de llegar al verdadero fondo del problema, sin ocultar nada, pero sabiendo que hay detrás de toda esta trama.

Sexo y religión
La Gaceta, 11 de abril, 2010
Alejandro Llano

Se sabe muy bien que Ratzinger fue el primero en denunciar los desórdenes en la Iglesia - En algunas comunidades el erotismo es capítulo obligado de Educación para la Ciudadanía.
Cambian los motivos o disculpas, pero se mantienen constantes los ataques a la Iglesia católica. A nadie le sorprende ya que el permanente hostigamiento tenga siempre los mismos orígenes y acabe por apuntar a Benedicto XVI.
Es el enemigo a batir, porque representa un desmentido viviente a la presunta falta de inteligencia y humanidad que achacan a los católicos. En esta última campaña –cuidadosamente preparada– han recurrido a una acusación que tiene ciertas bases reales y se presenta cargada de morbo.
Aunque la temática dista mucho de ser nueva. La secreta actividad sexual de sacerdotes y religiosos es un tópico frecuentado por la novela anticlerical decimonónica, con resultados ocasionalmente tan brillantes como La Regenta de Clarín.
El aditamento actual hace que la agresión apunte a algo todavía más morboso: la homosexualidad ejercida contra menores. Con ello empiezan las paradojas. Porque la liberación sexual y la ideología de género es el tema central de los supuestos progresistas españoles, que han renunciado a las reivindicaciones sociales y a la vanguardia cultural.
Lo suyo es, ahora, la promoción de la homosexualidad, el desprecio a la familia y el adoctrinamiento de adolescentes y niños en la práctica temprana del sexo, con especial énfasis en sus variantes menos naturales. Lo que –según pretenden– les desmarca de una inquietante cercanía con lo que ahora denuncian, es la supuesta libertad de aquellos a quienes incitan a ejercitarse en modalidades sexuales consideradas por muchos como escasamente éticas.
Pero surge inmediatamente la pregunta: ¿acaso son realmente libres los niños y niñas, desde los 11 años, a quienes se somete a “talleres de masturbación”, “exploración del clítoris” y otras experiencias que da hasta vergüenza nombrar? Y esto no es algo episódico o accidental.
En algunas comunidades autónomas el erotismo sistemático se considera un capítulo obligado de la Educación para la Ciudadanía, al menos en los centros oficiales.
Y la nueva Ley del Aborto incluye en su propio título la formación afectiva y sexual llevada forzosamente a cabo por instructores preseleccionados en todos los colegios y desde temprana edad. ¿Así entienden los socialistas la libertad en materia tan íntima y personal? Estamos ante un abuso sexual universal y sistemático.
Todo lo cual, evidentemente, no disculpa en absoluto a los clérigos que se aprovecharon de su posición religiosa y docente para actividades injustificables y odiosas.
Resulta sospechoso, con todo, que se saquen a la luz con estudiada secuencia tales escándalos –que acontecieron en ocasiones hace varias décadas– y que se denuncie a autoridades eclesiásticas que, en algunos casos, nada tuvieron que ver directamente con los atropellos ni con su ocultación.
Más delicado para la sensibilidad de los propios católicos resulta el permisivismo con el que se ha enfocado este problema en seminarios y centros educativos. No han sido precisamente los religiosos considerados conservadores quienes han abierto la mano ni, quizá, los que han disimulado irregularidades tan penosas.
Han sido, más bien, quienes se consideraban en línea de una ética más abierta y progresiva. Y, desde luego, al cardenal Ratzinger no se le puede acusar, ni en Múnich ni en Roma, de ninguna inconsistencia teórica o pastoral.
Se sabe muy bien que fue el primero en denunciar y poner coto a los desórdenes que comenzaban a apuntar en la Iglesia La revolución cultural y sexual que arranca en 1968 se inspiraba –junto con ideas más interesantes– en una ideología en la cuales se entremezclaban versiones tardías del freudo-marxismo, convencionalmente personalizadas en Herbert Marcuse.
La revolución del 68 no fracasó, según pretenden algunos de manera frívola y voluntarista. Penetró en todos los ámbitos sociales, también en los ambientes religiosos, y contribuyó al cambio de costumbres que se ha venido agudizando desde entonces. Realmente es la única revolución que, con estructura marxista, ha triunfado en el siglo XX. Y es aquí, y no en el celibato sacerdotal, donde se encuentran las raíces de estas conductas erráticas que ahora afligen a los católicos y son instrumentalizadas por los enemigos del cristianismo.
Poner en el celibato la causa de tales abusos equivale a no tener en cuenta datos elementales de la psicología y la ética. A la Iglesia católica se le reprocha con frecuencia una presunta rigidez en cuestiones morales. Si la ética de inspiración cristiana defiende posturas no siempre populares, no es por la aplicación de un código implacable, sino por la defensa de la dignidad intocable de la persona humana.
Éste es el motivo por el que siempre ha promovido y practicado las virtudes de la castidad y del pudor. Cosa que ahora los manipuladores aprovechan para hablar de hipocresía. Nos ofenden con ello injustamente a muchos. Y los manipuladores deberían tener muy presente que la acusación de hipocresía se vuelve fácilmente contra los que la lanzan.

Cuando examinamos donde está verdaderamente el origen del problema, pienso que podemos llegar a la conclusión de que detrás de todo lo que estamos viviendo, leyendo y escuchando, hay muchas presiones mediáticas y económicas, un deseo de desacreditar la autoridad moral del Papa, y quizás, por parte de algunos teólogos que no aceptan a este Papa, un deseo conciliarista, volver a los Concilios de Pisa y Constanza, para construir una Iglesia democrática que imponga la verdad por consenso, por votos, sin acatar una autoridad suprema.
Un saludo.

martes, 8 de abril de 2008

Dolor de cabeza


Hay días en los que no nos levantaríamos de la cama (alguien me dijo en una ocasión: ¡yo, todos los días!). Son esas jornadas en las que, por ejemplo, nos duele la cabeza, todo nos molesta, todo se hace cuesta arriba y vemos todo de "tejas abajo", con sentido negativo. Desearíamos no tener ese dolor, que nos lo quiten, si es necesario ¡¡¡qué nos quiten la cabeza!!!
En esos momentos, cualquier cosa nos parece mal, desearíamos estar sólos (luego no nos sirve para nada), queremos estar en silencio, que nadie nos hable, el mínimo ruido nos perturba y enfada..., ! qué fácil es que, en esos momentos, sólo pensemos en nosotros mismos!
Bien mirado, me parece que verdaderamente es ridículo. Sobre todo cuando uno es capaz de darse cuenta que no está sólo en el mundo, y que hay muchas, muchísimas cosas, por las que vale la pena aguantar un dolor de cabeza, olvidarse de uno mismo y mirar a los demás. Descubriremos muchos dolores de cabeza en los demás, e intentaremos compartir, olvidar nuestro "rollito" y dejar de mirarnos el ombligo.
Algo así experimenté hace unos días hablando con una madre de familia, con bastante hijos (hay que usar los 10 dedos de las manos para contarlos), que apenas llega a final de mes con los sueldos de su marido y el suyo, con mala salud, cansada muy cansada (yo diría con un cansancio crónico, de esos que no hay manera ni futuro de quitarse) pero con una alegría y una paz envidiables..., feliz por su situación, y afirmando que su situación era una bendición de Dios. ¿Qué te parece? Para que dejemos de mirarnos el ombligo de nuestro ego.
Un saludo

viernes, 24 de noviembre de 2006

A mi me impresionó


A mí me impresionó ver esta imagen que casi parece tomada desde un avión. Me imaginé volando, pero en realidad está tomada en la subida a una cima. Me la envió un amigo. Pensé en las "alturas" no las que dan vértigos, sino en esas otras alturas desde las que se llega más facilmente a EL, desde la que se divisa mejor lo que los ojos humanos no pueden atisvar. Te animo a que vayas por esos senderos, que son de luz y de amor, en especial porque iluminan al alma y la transforman hasta hacerla capaz de Amar "con mayúscula".
Quizás recuerdes estas palabras que nos dijo el Papa hace unos meses; me trajeron a la memoria el "NO TENGAIS MIEDO A SER SANTOS" que Juan Pablo II no gritó en El Monte del Gozo en 1989, allí estuve presente, y desde ese momento no he dejado de oírlas. Ojalá te pase lo mismo.
"¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera."