jueves, 13 de diciembre de 2007

Santa Navidad



Hace unos días tuve la fortuna de participar en una celebración de Adviento que me conmovió, en especial por los cantos y todos los signos que hablaban de la cercanía de Dios. En otra ocasión te lo contaré más despacio.
Me sirvió mucho para esa celebración, leer y meditar las siguientes palabras que copio por si te ayudan. Espero que te sirvan para ir vamos preparándote para esa celebración, que debería remover y cambiar nuestros corazones.

Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, tu Palabra Omnipotente vino desde el trono real de lo cielos”.

En el silencio que envuelve al hombre y al universo, en aquella oscuridad de frío y soledad que todo lo llenaba, hizo su entrada tu Palabra redentora.

Los antiguos Padres, Profetas, Jueces y Reyes, cientos de Santos hombres que esperaban en el silencio este momento y suspiraban por la llegada de la Plenitud de la obra redentora, asisten en una tensión expectante al estallido de la Luz en una pobre cueva de Belén.

Serenamente, en silencio, sin que nada ni nadie fuera consciente, excepto unos elegidos por su sencillez y humildad, la Luz se hizo visible. Una estrella lo indicó, pero sólo la vieron en la noche silenciosa, unos Sabios de corazón sencillo y humilde.

Unos Pastores oyeron Gloria, y se extasiaron ante el primer villancico angélico, de forma que aquella armónica sinfonía tocó sus corazones generosos, y se encaminaron hacia el Amor hecho Hombre, convirtiéndose en los primeros apóstoles de la Eterna Luz.

El mundo dormía su monótona rutina y vulgarmente incidía en su pecado, sin enterarse ni entender que, en el silencio, la Luz acampó entre nosotros.
Y el mundo no quiso recibirla, se negó a abrir lo ojos para ver la Luz, y ni siquiera le hizo un sitio en la posada; el mundo siguió en su silenciosa sordera llena de monotonía.

La Luz entró en el umbral de lo caduco y de la Historia, y es que “el Amor hace cosas así”, no hay mejor explicación que ésa para acercarse torpemente a captar lo ininteligible del Misterio.

Porque aquella silenciosa noche era la noche del Amor encarnado, del Amor Niño, del Amor recién nacido, del Amor que llora en el silencio de la miserable cueva, del Amor que cargó las culpas de toda la Humanidad, mis culpas, tus culpas.

Y habitó entre nosotros”. Y sigue habitando, presente en cada hombre, en cada rincón de este mundo que continúa con su monotonía pecadora. Nosotros no nos enteramos, aunque pasa cerca, muy cerca, porque estamos ciegos por las prisas, por el orgullo, porque hemos puesto al pobre y miserable hombre en lo alto del Universo.

Está en cada Sagrario habitado, donde muchos pasamos sin mirar, ciegos por nuestra indolente borrachera de soberbia, o simplemente, ignorantes de que La Luz comenzó a brillar, y está realmente presente con su Cuerpo y Sangre.

Hemos de pararnos en esta Navidad a oír el silencio y mirar la oscuridad de la noche de Belén, para no perder ni un segundo del estallido de la Luz.

Hemos de llenarnos de alegría con los Padres, Profetas, Jueces y Reyes, que se gozaron infinitamente con la Plenitud que llegaba, y esperaron impacientemente la Otra Noche Redentora de la Pascua, que les despertaría de su letargo de siglos.

Hemos de acompañar a los Pastores, revistiendo nuestros corazones de su candorosa sencillez y simplicidad, para ser capaces de encaminarnos esta Navidad a Belén, sino será imposible que oigamos el Gloria a Dios en las alturas…, y nos convirtamos en apóstoles de la Luz.

Hemos de llenar nuestra vida de la humildad de los Sabios y Reyes, para poder entrever en el silencio de la noche oscura, la Estrella que indica dónde está la Luz, y qué camino seguir hasta Ella, sino andaremos perdidos sin decidirnos a seguirle nunca, temerosos de dejar todas las cosas, para ser pescadores de hombres.

Hemos de contemplar al Amor que hace cosas así, para meter en el hondón de nuestra alma el convencimiento de que la Navidad no es lo que los pobrecitos hombres hemos montado: miserables luces de colores, ni fiestas llenas de una pobre riqueza, y epulones que olvidan a multitud de lázaros que pasan hambre y frío sin que nadie se acuerde de ellos.

Hemos de limpiar nuestros ojos para ver que la Santa Noche de Belén, no tienen nada que ver con una vorágine de ir y venir, comprar y vender, regalar y ser regalado, prisas y prisas por llegar a la Santa Noche aparentando una felicidad en corazones vacíos e incapaces de cargar con las culpas de los demás, de perdonar y pedir perdón, de amar y dejarse amar.

Hemos de saber mirar la Santa Cueva, y ver con ojos limpios y llenos de la Esperanza en la que hemos sido salvados, que la Luz está entre nosotros, que la Luz ilumina los corazones de todos los hombres, llenándolos de calor y brillo, de Fe, Esperanza y Amor.

Si aprendemos todo esto, descubriremos esta Navidad, que la Luz llegó del seno de la Madre que la acogió con generosidad y valentía, sin miedo al SI definitivo y comprometedor, a la entrega total y para siempre en la lozanía de su juventud, y que aquella sencilla doncella de Nazaret, es y será siempre la Madre de Dios, la Madre de todos los hombres, nuestra Madre Santa María.

FELIZ Y SANTA NAVIDAD