jueves, 3 de abril de 2008

2 de abril de la Divina Misericordia


Un nuevo aniversario del fallecimiento del queridísimo Juan Pablo II, nos trae el recuerdo de tantos momentos inolvidables vividos junto a él. Me quedo con las Jornadas Mundiales de la Juventud a las que pude asistir, y con el día en el que impuso sus manos en mi cabeza en mi ordenación sacerdotal.
Juan Pablo II nos dejó un poso de esperanza y alegría inmensos, basta ver lo que pasó en todo el mundo el día de su muerte y los días posteriores ¡impresionante! Fue el apóstol de la Misericordia divina, que tanta falta nos hace. Hemos de ser responsable y fieles continuadores de su predicación. No dejes de pedir por él, y de pedirle a él. Te copio, casi sin pensarlo un trozo de la homilía que ayer pronunció el Papa con este motivo. Ojalá nos ayuden a todos.
"En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío, que acabamos de escuchar, se han convertido en una especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo II, desde el solemne inicio de su ministerio petrino. Las repitió en varias ocasiones a la Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año 2000, y después al atravesar aquella histórica etapa, así como después, en la aurora del tercer milenio. Las pronunció siempre con inflexible firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral coronado por la Cruz y, después, cuando las energías físicas se iban debilitando, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde su capilla privada, apretando entre sus brazos la Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes Santo, también indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados, sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la que iba desnudándose de todo, al final, incluso de la misma palabra, esta entrega total a Cristo se manifestó con creciente claridad. Como le sucedió a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las palabras dejaron lugar al final al último sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, conformada con Él incluso físicamente con los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya al Padre», estas palabras --testimonia quien estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras, cumplimiento de una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor."
Un saludo.

2 comentarios:

haciendo camino dijo...

Muchas felicidades antes de nada por la remodelación del blog esto cada vez pinta mejor.
Feliz Pascua.
Y referente al pos es muy bueno pero que decir de la inmensa misericordia de Dios, sin palabras para describirla.
Un abrazo muy fuerte y un saludo.

Javier dijo...

gracias haciendo camino. No dejes de hacer es camino siempre mirandole a El. Un abrazo